Dentro de un pequeño bar está sentado en un pequeño banco un hombre de mirada perdida tomando un whisky que para estas horas ya está caliente. Reflexiona sobre su vida y por fin se da cuenta de que está solo contra el mundo y ya nada puede hacer para revertir el efecto de su altanería.
En sus años mozos todo estaba bien, todos lo toleraban porque era joven -todo el mundo quiere estar rodeado de gente joven- nadie decía nada pero a escondidas lo odiaban y envidiaban.
¡Que importa! -decía el- que importa lo que los demás opinen, nadie sabe nada de lo que es importante. Y así, su descenso al purgatorio empezó lento pero seguro.
El diablo mueve los hilos sin ningún miramiento, desde arriba todo se ve mejor que en un desfile de modas y cuando alguien tropieza y no eres tu, todo es mejor aún.
Y es que, en algún momento de nuestras vidas todos pensamos que somos los mejores pero al fin y al cabo no somos más que unos granos de arena en el gran océano. Nadie se fija en los granos de arena que no le han ganado ni siquiera a ellos mismos.
A ninguno de nosotros le gusta recibir críticas, a nadie le gustan los comentarios fuera de lugar y si el pequeño hombre está sentado en el pequeño banco del pequeño bar sin perro alguno que le ladre, es por algo.
La humildad es algo que pocos poderosos consideran y la humildad es algo que pocas personas que recién empiezan en algo pueden cultivar.
Nadie puede ser poderoso o alcanzar lo que aspira si es que no sabe donde está parado y cual es su realidad.
El pequeño hombre se levanta del pequeño banco dejando un par de soles en el mostrador como propina, arrastra los pies a la salida y sale a vivir otro día en una realidad que no es la suya.
