lunes, 9 de octubre de 2017

Los monstruos en el ático

Silencio y oscuridad.

Las escaleras viejas de madera crujen bajo cada paso que doy, siento que en cualquier momento caeré al vacío y será uno de los clichés que existen en las películas de terror de hoy en día. Mis manos se cogen fuertemente del barandal mientras el miedo invade cada poro de la piel, una gota cae lentamente por el lado izquierdo de la sien mientras que mis ojos siguen acostumbrándose a la oscuridad que me rodea.

Puedo sentir, con cada minuto que pasa, el sonido de las respiraciones fuertes a lo largo de la habitación, los dientes relucientes que están presurosos por arrancarme la carne de los huesos y luego arrojarlos en el bosque.

La linterna que me alumbra ayuda a espantarlos, le temen a la luz; puedo oír las patas que corren sobre el suelo de madera, alargo la mano para coger la barra de metal que reposa contra la pared. Mientras me muevo lentamente hacia ellos, los músculos del brazo derecho comienzan a prepararse para la acción...

Cada año se repite la misma acción, la misma maroma que permanece en la vida por varios días al año, intentando partirles la cabeza con la barra de metal ensangrentada que con cada golpe se vuelve una extensión de mis extremidades. Mañana, volveré a coger la barra para enfrentarme a los monstruos del ático, a los monstruos que solo buscan quitar un pedazo de tiempo y paciencia de mi existencia.

Subir las escaleras y abrir la puerta, dejar entrar la luz mientras el alivio se siente por un día más, es solo posible cuando ellos caen.

Me desconecto con un clic.

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