La llama ardiente de la vela en la ventana hace que rememore todos los momentos en los cuales me vi inmiscuida de manera impropia, de manera casi irreverente, aquellos momentos en los cuales no estuve presente física o mentalmente...pero en los cuales, mi nombre sí fue mencionado.
La manera rudimentaria en la cual las personas se mueven alrededor de uno es casi insultante, casi insultante cómo es que vienen y van, insultante está demás decir en cómo es que se las puede borrar de la vida como si se borrara una foto en Facebook. Irreverente cómo es que el olvido hace que todo sea llevadero, irreverente cómo es que la vida toma caminos tan diferentes a medida que la vas viviendo y cómo es que una simple foto puede cambiar el curso del camino que planeas tomar.

La vela sigue ardiendo y pienso en todos los momentos que viví, a través de un par de anteojos que hicieron que viera todo claramente, sigue ardiendo a pesar de que mi aliento está cerca a ella y trato de moverla con cada respiración que doy.
La cera se mueve lenta y sigilosa, como una serpiente que espera a que te acerques para atacar y me hace pensar en muchas personalidades que habitan en distintas mentes, mentes que con el tiempo he aprendido a sobrellevar, mentes que he aprendido a entender y mentes que he aprendido amar, incluso a odiar. El odio se mueve rápido, como el veneno de la serpiente al morderte. Sin embargo, el dolor se mueve lento, lento y doloroso como una cirugía a corazón abierto sin anestesia, como sacarte una muela con un alicate tú mismo.
Miro sobre mi hombro a ver si encuentro el dolor que sentí una vez, a ver si encuentro la mierda contra el frío, a ver si siento de nuevo lo que sentí un día, un día gris sin esperanzas de amor, un día lleno de edificios grises que miraban expectantes mis movimientos pero no encuentro más que neutralidad, una sonrisa del gato de Cheshire que me dice que aún falta para volver a ver la vela como solo una vela y no como una serpiente esperando atacarme.
La poesía, el no pensar más en los momentos que hacen que uno sufra, la música, la vida en general, el caminar por un parque de noche sin pensar claramente en nada, los libros que te transportan a otro mundo, el agua con la cual puedes tomar una ducha que oculta las lágrimas, unos dedos que teclean ordenados por el cerebro que aún quiere escribir, sonidos que interrumpen la concentración, ojos que intentan no llorar y un corazón que sigue sanando, vida que sigue pasando y preguntas que azotan la mente para a veces, no ser respondidas.
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