Por fin.
Se acabó.
Finito.
Luego de 5 años de lucha, se ha acabado el tormento de ser estudiante.
Mi cerebro descansa del olor a humo de bus, del sonido del claxon, de los estruendosos pasajeros que lo único que hacen en muchos casos es, quejarse de su suerte cuando todos sabemos que siempre hay alguien peor que uno.
Mi mente se relaja por un momento para poder apreciar donde es que me encuentro, para poder tomar una copa de vino sola y decirle a mi madre que ya está, que se acabaron los momentos dramáticos y preocupantes de saber a qué hora volveré a casa y por qué es que demoro tanto.
El cuerpo libera tensión a medida que recupero (o de eso me quiero convencer) el sueño que no he tenido durante todos estos años. Analizo las situaciones que me han llevado donde estoy y donde estuve y puedo decir que por fin ya soy alguien.
El stress va dejando mi alma a medida que vuelvo a patear y sudar como tanto disfruto, a medida que vuelvo a meter al horno las pequeñas bolitas de masa que se volverán galletas y me harán feliz al sentir que no he perdido el toque y que puedo hacer más. Mis oídos se relajan al no escuchar reclamos ni gritos o desaprobaciones de personas que tal vez no tengan la razón pero a las cuales hay que hacerles caso porque "así es la vida".
Por fin puedo disfrutar.
Mamá, lo hice.
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Grande Minerva. Cuando culminé la universidad no celebré como otros. Cada fin de semestre llevaba a cabo la misma liturgia que me acompañaba desde la época académica. Iba al kiosco mas cercano y compraba mi binomio de micro celebración: una galleta margarita y un Frugos en cajita sabor durazno. Eso era todo, lo comía mientras me retiraba de la universidad, solo, sin prisa y pensando en el camino. Cuando culminó finalmente la etapa universitaria hice exactamente lo mismo. Otros organizaron una ceremonia en un local adornado, con trajes y padres incluidos para celebrar el gran logro. Sin embargo, siendo una persona asocial (no confundir con antisocial), no consideré necesario el gasto. Después de todo, no era esa la universidad en la que quería estudiar inicialmente y tiempo después me di cuenta que tampoco era la carrera que debí estudiar. Así que, cuando culminó todo, simplemente quería descansar, principalmente de esos viajes largos de hora y media que al día sumaban una media de 3 horas con una desviación estándar de media hora (en algo tengo que aplicar los 5 años de ingeniería), el humo, la bulla, las peligrosas llegadas tardías a casa, las ocasionales discusiones con los cobradores por el carnet universitario, los profesores de voz somnífera, la mochila en la espalda y otros detalles que sumados al trabajo recientemente conseguido, me dejaban completamente extenuado día tras día. No solo no extrañé la universidad sino que la aborrecí por un buen tiempo, de hecho, tenia una pesadilla recurrente en la que iba caminando por la calle y de pronto unos compañeros se acercaban corriendo apurados y me indicaban que había examen. Yo, preocupado, les preguntaba "¿Examen de qué?". Sin reparar en que ya había terminado la universidad. ¿O no? Los seguía y la pesadilla continuaba. En alguna ocasión le conté a mi madre sobre aquello y ella me decía que probablemente sea debido a que aun no cerré el circulo de la etapa universitaria por no obtener el título profesional. Es probable. Sea como sea aun mantengo la costumbre de la galleta y el jugo, ahora la empleo cada vez que dejo un trabajo, se ha convertido en mi costumbre de cierre de ciclos. Si alguna vez ven por la calle a alguien con un paquete de galletas Margaritas en la mano derecha y una cajita de Frugos de durazno con una cañita en la otra, no lo interrumpan por favor, está pensando en sus asuntos de cierre de ciclo, está cerrando una etapa. Loquiarmy.
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