Y si sueño poseerte, te poseo
pues todos nuestros gozos son mera fantasía.
Fanfarria de trompetas celestiales. Pues sí, algunas veces las cosas te caen a los pies y no puedes hacer otra cosa que desear creer en un Dios al que dar las gracias.
Al parecer, no había moros en la costa. No sólo había que varar las naves en la playa, sino quemarlas.
"No es fácil invitar a cenar por primera vez a una chica sería -decía él- en el mundo entero hay hombres dispuesto a abarrotar el estrado de los testigos para dar fe de los múltiples errores y catástrofes que sus esfuerzos han provocado sin proponérselo. Y, sin duda, hay millones de mujeres que podrían superar esos testimonios con horribles cuentos de agonías sufridas y atrocidades soportadas"
"En principio, nuestro común amigo, el tipo normal, adopta cuatro o cinco tácticas básicas de aproximación. Aunque éstas dependen de la salud de su cartera y de la impresión que quiere causar, sin embargo se pueden definir en líneas generales de acuerdo con la clase de tipo normal que cree ser"
El primer método sería el que denomina él como "del hombre de la calle": su héroe (un licenciado de letras de veintitantos años que quiere mantenerse acorde con el espíritu de su tiempo) hojea en una guía algún nuevo y aclamado gastropub del East End antes de llamar desde su oficina en un hueco entre dos reuniones. En el día previsto y a la hora prevista, aparece para esperar a su bien dispuesta pareja, la cual llega con los perceptivos diez minutos de retraso, y, tras cierta torpeza inicial, se pierden en una amistosa conversación y unos dorados lomos de atún (sin pararse a reflexionar por un momento si ese gran pez puede poseer en su cuerpo, en sentido estricto, semejante parte).
La segunda táctica sería la de los "tíos forrados": pajilleros a la última, de punta en blanco y veintiún botones, lo bastante tontos para hacerse ricos (en la City, con drogas, tecnología de la informática, consultorías, etc). Los forrados prefieren hacer que la noche se enamore de ellos con una ronda de cócteles mal hechos y una visita irresistible a un antro cromado y diabólicamente caro del restaurante de un hotel donde, tras muchas dudas, se toman un filete no muy cocido con patatas y montones de Coca-Cola light con Southern Comfort, acompañando todo ellos con Chateau Baron Rothschild (porque el nombre de este vino suena a rico).
El tercer método es el de una persona pobre, sincera y franca: por ejemplo, un actor o documentalista de televisión o un apurado periodista deseoso de convertirse en director de cine negro. En este caso, nuestro hombre incluso podría acudir en autobús a la cita debido a una inoportuna sensación de astucia metropolitana derivada al conocimiento de los horarios. Él y su pareja comen en un libanés rústico y falso, tras el cual se permiten el lujo de tomar un helado casero (que nada tiene de hecho en casa) entre risitas por parte de ella y estremecimientos por parte de él, antes de quedar para ir a ver el último documental danés el siguiente domingo por la tarde.
Finalmente, aunque sin duda no es el peor, tenemos a la odiosa multitud de bohemios hijos de papá del West London: la progenie cetrina e indeseada de los arribistas de última generación. Con una sensacional falta de inteligencia, vestidos de punta en blanco y exhibiendo su aburrimiento como una medalla al valor, arrastran a sus pequeñas molestias similarmente acicaladas fuera del Ladbroke Grove para tomar con gesto apático cualquier porquería con barniz de autenticidad étnica en la calle de al lado, junto con unos amigos igualmente erráticos y la tácita promesa de una raya de mala cocaína en algún lavabo si las cosas van bien.
Todo lo cual nos deja -a él, a mí y a ti- llorando en silencio tapándonos la cara con las manos, llenos de pena y desesperación. Pero al tipo normal -con sus múltiples disfraces- le gusta discurrir por tales vías. El mundo está lleno de cabrones y no podemos hacer nada por evitarlo.
El idealismo, ya te habrás dado cuenta murió de una muerte breve pero trágica. Don Quijote cabalgó en vano y hace tiempo que Karl Marx está olvidado: murmura la verdad para sí, como un vagabuendo loco acostado entre cartones sobre la acerca, delante de la estación King Cross. Vivimos en la era del Mínimo Denominador Común, la verdad es, francamente mínimo.
El Calígrafo
Me desconecto con un clic
xoxo











