sábado, 28 de abril de 2012
El demonio Timovillus
Podría empezar confesando que soy aliada del demonio. No es gran cosa -una temporada de nihilismo social por aquí, un periodo de sabotaje marital por allá- y me temo que va con el empleo. Si uno busca lo bastante, encontrará que la mayoría de las actividades humanas tienen un santo patrón; pero, de todas las artes de este mundo, solo la caligrafía tiene por patrón a un demonio.
Se llama Timovillus. Y es un hijo de puta muy malicioso.
Imagina un monasterio medieval situada, pongamos por ejemplo, en algún lugar elevado de los Pirineos, con un gran portal en arco y altos muros de piedra blanca. En una esquina del claustro se alza una torre. En lo más alto de la escalera de caracol, cerca de la luz y lejos de la humedad hay por lo general una sala grande y redonda: el scriptorium. Y aquí, sentados en taburetes, inclinados sobre las mesas y dispuestos en herradura en torno al supervisor, el armarius, se encuentran los monjes.
En la mano derecha sostienen una pluma y en la izquierda un cortaplumas. Trabajan en silencio y solo se oye el rumor de su respiración y es rasgueo continuo de las plumas sobre la vitela. A pesar de la altura, la luz es escasa y los hermanos más ancianos fuerzan la vista. Pero ni se plantean la posibilidad de encender fuego,o tan siquiera una vela, porque la seguridad de los manuscritos raros y sagrados es muchos más importante que la mera comodidad terrenal de los monjes.
De vez en cuando, uno de los hermanos levanta la mano para pedir al armarius que le traiga más plumas, otro tintero o más vitela. El cortaplumas, preciada posesión se utiliza para clavar la ondulada piel en el momento de escribir; así como para afilar la pluma (de ahí su nombre); pero, de vez en cuando, mordiéndose el labio, algún monje tiene que utilizarlo para rascar un error.
Estos errores dan sentido a la vida de Timovillus.
Es un demonio bajito, de poca monta, barrigón, de rostro ceñudo y enfurruñado. Pasa gran parte del día agazapado en los rincones del scriptorium; algunas veces se sienta sobre el saco de su botín, otras se rasca las puntiagudas orejas o se hurga en la nariz con un dedo rechoncho, pero siempre está mirando, siempre está alerta. Lo que más le gustan son las erratas que no advierten los monjes ni los correctores, se incorporan al nuevo manuscrito y así las reproduce la siguiente generación de escribas; pero también disfruta con los lapsus calami, de magnitud tal que el monje se ve obligado a empezar de nuevo la página entera, porque retrasan la Obra de Dios.
Todas las noches, cuando ya ha oscurecido demasiado para que los monjes sigan trabajando y éstos han abandonado el scriptorium para rezar las vísperas, Timovillus recoge con cuidado todos los errores, los mete en el saco y se los lleva al infierno para ofrecérselos al Diablo, de modo que cada pecado pueda registrarse en un libro -junto al nombre del monje responsable- que se leerá en día del Juicio Final.
Esta situación insatisfactoria (algunos dirán que injusta) se prolongó durante casi un milenio, hasta que el Renacimiento estalló en Europa y la suerte del calígrafo pasó de mala a peor. A principios del siglo XIV, los monjes se veían obligados a trabajar a un ritmo frenético, el día entero hasta la noche, para satisfacer la feroz demanda de manuscritos de las recién creadas universidades. Al poco tiempo, cansados de las prisas, los hermanos se pusieron a buscar desesperadamente el modo de eludir responsabilidades por la cantidad creciente de errores en su trabajo y salvar así sus almas, que corrían un peligro cada vez mayor. Entonces Timovillus advirtió que aquella era su oportunidad.
Ofreció a los santos escribas un trato eterno: la absolución de sus pecados a cambio que le garantizaran en secreto que el número de errores seguiría aumentando de manera espectacular. Como los errores crecían ya de modo incontrolado, los monjes accedieron de buen grado.
Así fue como Timovillus se convirtió en el demoniaco patrón de los calígrafos: mantenía en secreto sus pecados y los salvaba del infierno.
El empeño humano, sin embargo, atravesaba en aquellos momentos una de sus aceleraciones periódicas, y hacia 1476 William Caxton (tras adquirir aquellas asquerosas costumbres en Colonia) instaló una imprenta en Westminster. De repente, el trato de Timovillus ya no parecía servir de nada.
Tal vez se les ocurra pensar que semejante invento supuso el fin de este feo mequetrefe. Que uno de los astutos lugartenientes de Lucifer llamó a Timovillus para mantener una entrevista personal y le explicó, que lamentablemente, debían prescindir de los servicios de parte del personal. Pero el Diablo nunca despide a sus empleados; se limita a relegarlos, a reducirles el sueldo, y los obliga a seguir en condiciones cada vez peores.
Así que, créanme, este barrigudo hijo de puta sigue vivito y coleando en el Londres del siglo XXI, maestro de la confusión, dando vueltas por mi ático, enfurruñado, empeñado en joderlo todo, por puro placer, en cuanto tiene la menor oportunidad. Lamentablemente para él, no me dedico demasiado a las cuestiones bíblicas. Pero ¿que otra cosa puede hacer? En estos tiempos no hay muchos calígrafos y debe conformarse con lo que encuentra. Sin embargo, no se puede deshacer un pacto terno: sigue siendo el enviado del Diavlo y yo sigo siendo su cómplice. Cosa que me conviene. Porque si de vez en cuando me equivoco, cometo un error aquí o allá, seguro que la absolución será mera cuestión de trámite.
Seguro
El calígrafo.
Me desconecto con un clic
xoxo
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