Las cuerdas del violín suenan plácidamente dulces al compás de la música dentro del recinto, mientras las luces claras se apagan y la atención se concentra en las tablas.
Las artistas salen al escenario y los ojos y atención del publico se centran en ellos, el maestro anuncia la llegada del primer acorde y los pasos empiezan sin detenerse jamás a tomar un respiro del suelo, así, como montaña rusa, pasan mis días.
El piano repica sobre las tablas y los zapatos de charol se encienden de calor corporal, la tensión entre los artistas en la puesta en escena es cada vez mayor y yo, soy uno de ellos. Trato de concentrarme en el punto fijo de mi zapato sobre su cabeza, pero simplemente no puedo despegar la vista de las ventanas de su alma, y mientras manos muy seguras hacen que no caiga al piso como un saco de camotes, siento que estoy soñando.
La seguridad se apodera de el, en el momento del acto, sigue presente pero sus ojos no se despegan de los míos, nada diferente, siempre con ese lado serio que no muestra a todos, ese lado que hace que sienta seguridad en sus manos para no caer y sentir el mundo en la espalda.
El acto está terminando y el maestro empieza a tocar las últimas notas de la melodía, esas últimas notas que los dos conocen tan bien, y de un momento a otro las luces se apagan, el suelta mis manos y caigo al suelo; las luces siguen apagadas mientras corro al camerino.
De un momento a otro, todo está terminado, me sigue mirando fijamente, puedo sentir la tensión, puedo sentir que ve como me siento, puedo sentir que ve a través de mi alma. Los diferentes tipos de el afloran por fin y ahora recién entiendo como debo tratar a su indomable toro interior, ese que desea salir y acercar sus labios a los míos.
Será cierto todo esto? o tu no has visto nada?
Me desconecto con un clic
xoxo
miércoles, 4 de abril de 2012
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